Huevos Benedictinos y otras pruebas (o de porqué amo el queso de cabra)
Este domingo por fin me atreví a preparar la receta que más me intimidaba. Las salsas nunca han sido mi fuerte, y el temor de que me quedara mal una salsa holandesa me habían mantenido alejado de los huevos benedictinos. Tantas historias sobre que era muy fácil perder el trabajo, que se cortara y quien sabe cuantas cosas más había escuchado.
Mi esposa, como medida de presión, compró “english muffins” para la casa, y pese a que mi compañero de aventuras estaba engripado, me lance a la preparación. Respirar profundo, tener todo preparado y a mano, y arrancar a batir. 20 minutos después, con los brazos muy cansados, la salsa estuvo en su pleno punto.
En resumen, la salsa quedó bien, con algunos problemas de falta de práctica. Al resultado final lo evalúo como B. La salsa quedo totalmente en su punto en sabor, un poco pasada de espesa de textura. La apariencia sufrió un poco, el tono oscuro se debió a que me vi obligado a usar pimienta negra porque la blanca no alcanzaba. Y salvo que dos huevos poché se me dañaron (ajustando correctamente la temperatura del agua) el resto quedó bastante bien.
Adicionalmente, a mitad de semana tuvimos en casa uno de esos momentos donde la simplicidad nos domina. Hambrientos y con ganas de algo fresco, armamos una sencilla ensalada con cogollos de tudela, cebolla, algunos tomates cherry, cruttons y un par de lonjas de queso de cabra. Aderezada con aceite de oliva chileno, y un blend de hierbas, nos recordó como los sabores más sencillos pueden ser los más poderosos.